Por: Aldo Roberto Rivero Pastor
En estos tiempos que vivimos procesos de santidades y ascensión a los altares, será bueno recordar a ilustres personajes, seres iluminados espiritualmente, que sus acciones merecieron distintivos por sus quehaceres celestiales, algunos son hijos de la Puebla por derecho de suelo, otros lo tienen por el de sangre, entendiéndose en amplio sentido por el desarrollo de sus acciones, el primero de esta lista es Sebastián de Aparicio y del Prado, originario de una población de nacencia celtibera o goda de allí su nombre “la Gudiña”, castellanización de la goda o godita, un paso de los cruzados en un mesón de comida, se le conoce más en esta angelópolis que allí, reino de Galicia en España; en razón de haber fundado los primeros asilos, abierto y trazado los caminos para carretas, implementado las primeras en América, con la salvedad que los indígenas conocían perfectamente la rueda, no como reza una inscripción en la citada villa que tratamos de corregir.
Era el viejo lego de la caridad convivió con indígenas y clases muy necesitadas, llevaba alimentos y víveres, dialogaba con los nehneminque (caminantes), que se encontraba en sus periplos como limosnero, a pesar de que le vociferaran los superiores, “que hasta se lo comerían esos aborígenes…”, seres que no hacían otra cosa que defender sus tierras y creencias robadas, tuvo la mahuiltzontzin (delicadeza) de entendimiento, recorrió casi todos los puntos del llamado cordón franciscano, es decir fundaciones de esa regla, fue domador y amansador de toros, gran jinete, se le puede considerar el padre de la charrería; sencillez y parsimonia, sus firmas, no sabía escribir, olvidadizo de sus oraciones pero un ferviente católico que sí era escuchado, aunque no fuera en culta lengua, se resume como el Beato de Puebla (1502-1600), es ya santo por la devoción del pueblo, gran nombramiento emanado de la solidaridad de sus fieles.
La filia angelopolitana, Sor María de Jesús Tomelín y del Campo, poblana, monja concepcionista, señora de escudo y carácter, virtuosa, enérgica, lectora, se elevó a los altares como Sierva de Dios, murió el 11 de julio de 1637, delicada de alma y corazón. San Felipe de Jesús, apellidado de las Casas y Martínez, novicio en el convento poblano de Santa Bárbara, en estas fechas los devotos dejan flores en lo que fueron sus habitaciones en ese caserío, nació en 1572, crucificado en 1597 en Japón, el célebre interno poblano.
Catarina de San Juan, Mirrha la niña del éxodo hindú; raptada de sus palaciegos linajes, adopta las creencias católicas, sufrida, paciente, a veces apodada: taumaturga, mística y sensible, narradora, anacoreta, curadora de males físicos y espirituales, con gran dominio de su mente; al morir en calidad y fama de santona, fue coronada y Puebla entera la lloró, los sermones de su duelo resonaron en toda la urbe; la inquisición prohibió su culto, por considerarlo pagano, todos la recuerdan por su equívoca comparación con los trajes de abalorios, lentejuelas en castor, china poblana, aunque esta acepción le merece un recuerdo a sus méritos, no era china, pero ¡fue, es y será poblana…!
Bartolomé Gutiérrez Espinoza, Ciudad de México 1580-1632, beato, mentor del convento poblano, de Santa María de Gracia, de la orden agustina, su efigie se encuentra en la capilla de Guadalupe en la Catedral de Puebla, se recuerda como tradición popular en el barrio del perímetro conventual, que sus alumnos y compañeros se mofaban por ser hombre robusto de gruesa talla, a lo que el respondía con mucha hilaridad “Así habrá muchas reliquias…“ fue un gran orador, evangelizador y predicador, así como un ser muy espiritual, recibió tormentoso martirio en Nagasaky, Japón; con resignación, alguna vez escuché de sus devotos ya muy ancianos encomendarse para problemas de sobrepeso.
El Venerable Siervo de Dios, lego: Cristóbal de Molina y de la Fuente, español de origen nacido en la Villa de Brihuega, Toledo; Puebla y los agustinos son su convento y la cocina su servicio, hombre de gran dedicación y virtudes, trabajador incansable, se escuchaba en la vieja Angelópolis el coro de aves del Padre Molina, sus deliciosos guisos formaron parte del recetario de la mística urbe, es el San Pascual
Bailón poblano…
Sacerdote jesuita Lorenzo Corona “cholultecatl” gentilicio de Cholula, cholohua (reunir), ololohua (huir), arcaica población de pleitesías religiosas pre y postcuauhtemotzincas. Se ubica su nacimiento a finales del siglo diecisiete, se infiere su permanencia en esta Angelópolis, muerto en el año de 1734 el primero de octubre asaeteado en la Alta California.
Continuará...
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